Sad Day

28 octubre 2013

por Mariano López

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

A Pi.

Recuerdo una entrevista en Lo + Plus, a mediados de los noventa. El mito aterrizaba en la piel de toro para promocionar su álbum “Set The Twilight Reeling”. Para las leyendas, las épocas de reivindicación masiva resultan cíclicas, por eso de que la industria en ocasiones sabe dosificar sus joyas más preciadas, o vaya usted a saber porqué. La cuestión es que en aquel momento el neoyorquino atravesaba un momento dulce, habiendo facturado en épocas recientes maravillas como “New York”, “Magic & Loss”, o esa gema nunca suficientemente bien ponderada como fue “Songs For Drella”, su reconciliación con John Cale en homenaje a Andy Warhol tras más de veinte años de rencillas post Velvet Underground.

Máximo Pradera ya hacía mención durante la presentación desde el púlpito, tras introducción cercana a la hagiografía, a unas palabras de Rosa Montero: “Si le entrevistáis, vuestros días al frente de este programa estarán contados”. Mientras tanto, la bestia escuchaba la traducción por el pinganillo, con gesto imperturbable, parapetado tras sus eternas gafas de sol. Se sentía fuerte, y eso para una persona con un ego tan tremendo como el suyo, podía llegar a ser letal para con su interlocutor. El ego también es algo que se alimenta, o se machaca, de forma cíclica. Lejos quedaba ya la época de las grandes obras que cimentarían su leyenda para siempre: La obra con Velvet Underground que pasó sin pena ni gloria en su momento y tanto tardaría en ser reivindicada, obras como el sublime “Transformer” (según las malas lenguas, uno de los mejores discos de David Bowie), el oscuro e incomprendido “Berlín”, el musculoso “Rock and Roll Animal”, el comercialmente suicida “Metal Machine Music” (que editó para romper relaciones contractuales con su discográfica de la época), el directo “Take no prisioners”, para cuya portada tomó “prestada” sin permiso una ilustración del dibujante español Nazario, etc…Y tras sobrevivir a una época de los ochenta con más luces que sombras tanto para él mismo como para otros músicos de su generación, como el propio Bowie, Neil Young, etc (ahí alternan por ejemplo excelentes álbumes como “The Blue Mask” o “New Sensations”, con discos perfectamente olvidables como “The Bells”), había remontado el vuelo para recuperar su estatus de estrella y para ser descubierto y reivindicado por las nuevas generaciones.

Una vez sentado en la mesa, Pradera se dispuso a acometer, junto a Fernando Schwartz, la titánica tarea de extraer información de boca de alguien cuya fama de arisco, cínico e irascible se había ganado a pulso. Primera pregunta, y silencio como toda respuesta. Surgen los primeros nervios. Segunda pregunta, y más de lo mismo. ¿Fallaría el pinganillo? Ya sin saber por donde salir, Pradera espeta a la bestia “Señor Reed, si ha venido dispuesto a no contestar a ninguna pregunta, no nos explicamos su presencia aquí”. Tras la traducción simultánea, ni corto ni perezoso, el cantante/guitarrista/poeta/actor, etc, se levanta y sin mediar palabra, abandona el estudio.

Evidentemente, había mucho de pose, ya que regresaría al estudio minutos más tarde, para tranquilidad de unos entrevistadores al borde de la taquicardia, y ante un publico totalmente estupefacto. ¿Pose ensayada? ¿Irascibilidad real? Puede que ambas a partes iguales por parte de una figura cultivada por si mismo durante décadas (Diego Manrique, que compartiría multitud de entrevistas con él a lo largo de los años,  acabó diciendo algo así como “en el mundo del rock hay gente simpática, agradable, antipática, desagradable, y luego está Lou Reed”), y que no abandonaría durante los años venideros. Años en que, para no desentonar con el resto de su carrera, facturó discos encomiables como “Ectasy”, “The Raven” o “Perfect Night Live in London”, con algún que otro patinazo como “Lulu”, el disco firmado mano a mano junto a Metallica.

Durante el resto de la entrevista, dejó claro que, como cualquier mito, no vendía simplemente su último disco, sino que también se vendía a sí mismo. Alternó momentos secos y cortantes con algunos destellos de fino e irónico sentido del humor para rebajar la tensión. En definitiva una charla difícil, con luces y sombras, que sirvió para ilustrar perfectamente al personaje.

Con Lou Reed se va no solo una leyenda, un genial creador que deja himnos insustituibles no solo para la historia del rock sino para la historia de la música popular del siglo XX, también se va un miembro de una generación que hemos considerado eterna, al habernos acostumbrado a su presencia de forma permanente, y que por culpa de ese amante tan puñetero y desleal como es el tiempo, ya deja entrever su ocaso. Los padres del invento se hacen mayores, aunque siempre, siempre, quedarán las canciones.

Hoy los que amamos el rock nos levantamos tristes, y un tanto huérfanos, aunque para sobrellevar el trago, prefiero recordar como durante la entrevista, Reed echaba un vistazo a los dos pibones que acompañaban una a cada lado a Chus Lampreave, que trataba de venderle las bondades de la tortilla de patatas, y la cortó para preguntarle cuál era para él, la de la izquierda o la de la derecha. “Reconozco que sabéis como tratar a un invitado”. Qué tío…

Hasta siempre, señor Reed.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.