Realeza

27 julio 2013

por Mariano López

 perfilLa becaría decidió esperar sentada en las escaleras a que su madre, la señora Matilde, acabase su turno como parte del equipo de limpieza de la Academia. Allí, poco antes de las 8 de la mañana, disfrutaba del fugaz fresquillo de las mañanas de verano, preguntándose si le daría tiempo a llevar a su madre a La Paz para quedarse de turno de visita con el tío Joaquín, ingresado por una operación de vesícula, y llegar a tiempo a la redacción. Así que fumaba, golpeteaba rítmica y nerviosamente el suelo con la punta de las Converse, y giraba la cabeza cada pocos minutos para ver si a través de las cristaleras de los enormes portones veía de una vez por todas acercarse a su madre desde el fondo del pasillo junto con el resto de limpiadoras. Pero una de las veces que escrutó en el interior del centenario edificio, lo que vio, al fondo del pasillo, fue al académico besándose con una mujer a todas luces mucho más joven que él. La becaria había coincidido con el académico en la inauguración de una galería, cuando ella, junto al resto de cámaras y becarios pasaron fugazmente junto a él y su esposa, persiguiendo a una ex modelo recientemente divorciada de un futbolista. La becaria bajó a toda prisa las escaleras y consiguió llegar hasta la esquina y fingir estar escribiendo un mensaje con el teléfono móvil segundos antes de que la joven, a la sazón miembro del equipo administrativo de la Academia, cruzase por su lado, y el académico partiese poco después en la dirección opuesta. De regreso a la redacción desde La Paz, la becaria, harta de, en el mejor de los casos, la indiferencia de toreros, actores, o bailarines de flamenco, y en el peor, de multitud de de recordatorios para todos estos personajes por pate de la señora Matilde, vio como caída del cielo su oportunidad. Una vez comentada la jugada con un reportero gráfico que se apuntó rápidamente al carro, comenzaron la investigación, el seguimiento furtivo, y en poco más de una semana, en las horas libres, dispusieron de bastante material como para presentar al jefe de redacción. Este, ante la escasez de reportajes de enjundia inherente al verano, y detectando ciertos síntomas de agotamiento por parte del público ante los temas y personajes habituales, decidió dar luz verde, sin demasiada fe, a la historia, pensando que el tema podría servir como mucho para rellenar parrilla a la espera del comienzo de la nueva temporada, y así ganar tiempo a la espera de temas de mayor calado entre la audiencia.

 Inesperadamente, el asunto despertó el interés de la audiencia, de la que tal vez se apoderó el morbo de saber que un reconocido intelectual, era capaz de caer en las más bajas pasiones como cualquier hijo de vecino. Así que, un tanto desconcertados, los responsables de la redacción pusieron en marcha el mecanismo habitual, ofreciendo una jugosa oferta económica a la administrativa, que decidió aceptar en pleno arrebato de venganza tras haber sido despedida después un repentino reajuste de plantilla. La cadena rival, siempre ansiosa de arrebatar el cetro de la audiencia después de innumerables e infructuosos intentos, decidió contraatacar como de costumbre, esta vez ofreciendo una oferta económica aún más jugosa al propio académico, opción que la cadena competidora había descartado debido a la proverbial repugnancia que ostentaba la clase intelectual por este tipo de programas. Pero vaya por donde que el académico, que aún conservaba la altanería y soberbia de sus días de gloria literaria, creyó ver en su caída alguna mano negra por parte de alguna larga lista de enemigos que se había ganado en su ascenso a la cumbre, incluyendo rivales declarados entre los sillones de la Academia. Academia que, si bien nunca se había visto libre de envidias y rencores entre los adalides de la cultura, hasta este momento nunca había tenido que sufrir el descenso al fango de la puñalada trapera, fruto de un pacto tácito, nunca escrito, ni siquiera mencionado, de no agresión pública. Pacto que el académico consideraba ya irreparablemente violado. Y, en parte para costear el costosísimo proceso de divorcio en el que se hallaba inmerso, en parte para ajustar cuentas públicamente con los fantasmas que creía ver por todas partes riéndose a costa suya, ¡a costa suya, nada menos!, decidió aceptar la oferta, para sorpresa de todos. Mientras que la audiencia de la entrevista a la administrativa, que relató con todo lujo de detalles muchos de los sórdidos encuentros sexuales con el académico, aficionado a todo tipo de escabrosas perversiones, no deparó índices de audiencia más allá de los picos habituales, la entrevista al académico fue otro cantar. Decidido a morir matando, aireó sin ningún rubor, dando nombres y apellidos, todo tipo de infidelidades, ocultación de homosexualidad, problemas de alcoholismo, drogas y juego, utilización de negros literarios, fraudes financieros o de adjudicación de premios literarios, por parte de novelistas, poetas, gramáticos, directores de periódicos, humoristas gráficos, directores de cine, en definitiva, abrió fuego a quemarropa contra la reputación de la élite cultural del país. Pese a que la entrevista tenía una duración prevista de 30 minutos, desde la cabina de realización pronto se hizo evidente que se hallaban frente a un bombazo, y los responsables de producción despacharon sin contemplaciones a los tres invitados que debían suceder al académico, el nieto de un dictador, el hijo de una folclórica, y una famosa no se sabe muy bien porqué, extendiéndoles un cheque al son de un “ya os llamaremos”. Aún así, al académico se le hicieron cortas las dos horas de programa, y cuando hubo finalizado, la audiencia de la final del último mundial de fútbol, ganado el año anterior por el equipo nacional, quedó a la altura de programa de teletienda de madrugada comparado con lo que acababa de pasar.

 El cataclismo mediático borró de pleno cualquier otro tipo de asunto de las primeras planas de la actualidad, la fiscalía se puso a investigar de inmediato acerca de todas las acusaciones vertidas, y las demandas llovieron sobre el académico, que sufrió la primera expulsión de la Academia, en los casi trescientos años de existencia de la misma, y el cual recibió una sola llamada de apoyo, la de su editor, urgiéndole a entregar cuanto antes una próxima novela, cuyas cifras de ventas se preveía superasen a las de sus tiempos de gloria. Los directivos de ambas cadenas, intuyendo un inesperado cambio de tendencia en los gustos del público, decidieron explotar sin complejos aquel nuevo filón, no sin saborear la dulce venganza personal que suponía ver descender a la categoría de vulgar producto de entretenimiento a aquellos que les habían mirado hasta entonces por encima del hombro desde su atalaya de superioridad intelectual. Los aludidos comenzaron a recibir suculentas ofertas económicas, y aunque algunos, los de más rancio abolengo, las desestimaron por razones de prestigio, hubo una cierta parte de ellos que aceptó el envite, y no solo por razones económicas, ni de ajustar cuentas, sino también, y esto jamás lo admitirían ante nadie, por aprovechar la oportunidad de darse a conocer ante un público mucho menos restringido que el de sus círculos habituales. Conscientes de que, en los tiempos que corren, la imagen del autor puede ser mucho más determinante para las cifras de ventas que la calidad de la obra en sí misma. La guerra de acusaciones e improperios estaba abierta, y de la televisión saltó a las revistas, periódicos, radios, Internet. Los directivos se frotaban las manos ante cada nuevo índice de audiencia hasta que un día, en un cara a cara entre dos lingüistas, uno de los cuales había acusado al otro de estar liado con su hijastra, uno de ellos, al quedar desprovisto de más argumentos de defensa, contraatacó acusando de plagiar su último trabajo publicado, una variación sobre la Teoría sintagmática nuclear de Pollard. Y evidentemente, eso era ya mucho más de lo que su rival podía soportar, por lo que el agrio debate subsiguiente entre funcionalismo y generativismo acabó desembocando en una providencial intervención del equipo de seguridad del programa, tratando de evitar que ambos contendientes se estrangulasen el uno al otro en directo. Al día siguiente, tanto el presentador como el equipo completo de colaboradores habituales, cada vez más desubicados, se presentaron a primera hora de la mañana en el despacho del presidente de la cadena para que se añadiese un plus de peligrosidad a sus ya desorbitadas nóminas, por hallarse expuestos a tener que compartir plató con semejantes bestias salvajes. Días más tarde, en otro plató, y parece ser que guiados por el ejemplo de los gramáticos, un autor teatral y un novelista se enzarzaron de forma furibunda en un encendido combate dialéctico sobre la axiología de la lengua en las Comedias Bárbaras, hasta el punto de que uno de lo entrevistadores, desesperado por intervenir de alguna forma, interrumpió para gritar a viva voz que Valle Inclán era un borracho, un putero, y que estaba dispuesto a aportar en sucesivos programas pruebas irrefutables, por supuesto inventadas, acerca de un lío con la esposa de Unamuno, tratando así, sin éxito, de reconducir el rumbo del programa. La necesidad de cambiar de entrevistadores se hizo evidente cuando, tras una extensa disertación por parte de un novelista acerca del misticismo en la novela española de posguerra, los contertulios habituales quedaron con los ojos fuera de las orbitas y con nula capacidad de reacción, lo que impuso un rápido paso a publicidad. Ante el enorme gasto económico que supondría la rescisión de los exorbitantes contratos blindados de los contertulios, la dirección optó por un cambio en el equipo de guionistas, reemplazados en unos casos por recién licenciados en filología, y en otros por reputados negros literarios recomendados por algunas de las presentadoras estrella de ambas cadenas. Tras un breve periodo de adaptación por parte de los entrevistadores, en uno de cuyos equipos ya se encontraba la antaño becaria, que se había ganado con creces su ascenso en el escalafón como agradecimiento a los servicios prestados, ya se pudo preguntar y debatir, grosso modo, sobre temas como la dialéctica y catarsis en la obra de Pío Baroja, sobre la picaresca y el esperpento en la de Eduardo Mendoza, o sobre la defensa a ultranza del anarquismo radical en la obra de Cesar Vidal. Y en las preguntas formuladas, muchos de los invitados creyeron adivinar una sintaxis y expresión en ocasiones sospechosa e inquietantemente familiares.

 Por su parte, los antiguos invitados, caídos en desgracia de forma vertiginosa, trataron de contraatacar llamando una y otra vez a las redacciones de televisión y revistas para ofrecer exclusivas más escandalosas que nunca, siendo ignorados de forma sistemática. Desesperados, no tardaron en dejarse ver en cuantas conferencias, exposiciones, presentaciones de libros, o premios literarios tuvieran constancia de la aparición de los medios de comunicación. Una de ellas, antigua reina de las sobremesas y el papel couché a partir de su divorcio de un torero, trató desesperadamente de hacerse notar ante las cámaras cuando estas pasaron de forma fugaz ante ella y su nueva pareja (buscada para la ocasión), persiguiendo a la ex mujer de un importante novelista. Tan solo apareció en plano por un instante, y su rostro, que el botox y el abuso de cirugía habían deformado conduciendo cualquier signo de expresividad hacia lo grotesco, fue la viva imagen del ídolo caído, del juguete roto. Su mirada, perdida, fijada a la cámara durante un par de segundos, reflejaba claramente el vació, la incomprensión de un mundo que a todas luces se había vuelto loco. Fue esa imagen la que comentaron vivamente al día siguiente en la pescadería Lola, la pescadera, aficionada a la poesía romántica del siglo XIX, la señora Teresa, que recientemente había pasado del surrealismo de la escuela de Breton al vanguardismo de Gómez de la Serna, y la señora Matilde, profunda devota del realismo mágico latinoamericano.

One Response to Realeza

  1. ramon (el de los incorporeals) on 27 julio 2013 at 7:50

    No sabia que escribias relatos, tio! esta muy guapo! un saludo!

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